Endeudados: con superávit fiscal y déficit familiar

El viernes el Banco Central publicó su Informe sobre Bancos y confirmó una tendencia incomoda, la irregularidad en los créditos a las familias llegó al 11,5% en marzo, el nivel más alto desde 2004. En octubre de 2024 era 2,5%. Se multiplicó por más de cuatro en menos de año y medio. La cifra alcanza a 6,3 millones de personas con algún grado de atraso, y entre los menores de 25 años trepa al 40%.

El informe abre la mora por tipo de crédito[2], los préstamos hipotecarios tienen una irregularidad de 1,4%, los prendarios de 6,9%, las tarjetas de 11,7% y los préstamos personales de 14,2%. Fuera del sistema bancario, en el crédito de billeteras y fintechs, la mora ronda el 27,5%. ¿Esto que te dice? Bueno, que se está cayendo el crédito asociado al financiamiento del gasto corriente —la tarjeta, el préstamo personal, el adelanto de mercadopago.

Gráfico 1. Cuanto más se acerca el crédito al gasto corriente, más alta es la mora. Datos del BCRA, marzo 2026.

El Central ratifica lo que venimos contando en Entre Caníbales hace días, el aumento de tarifas en medio de un proceso de caída de ingresos reales, termino comprimiendo ingreso disponible. Cuando esto pasa la familia o el productor ajusta hasta que el margen no lo permite y financia en el mercado de crédito. Además agrego un dato crucial que es que la mora creció más en las provincias donde más empleo se perdió.

Que nos trajo hasta aquí?

La pregunta de fondo no es cuánto deben las familias, sino por qué se endeudaron. Y la respuesta es macroeconómica.

El programa económico logro en sus fases cerrar la emisión monetaria para quitarle nominalidad a la economía. Durante décadas, la emisión fue la fuente del exceso de pesos que alimentaba la inflación. Cortar esa canilla fue, en sí mismo, un objetivo correcto. Pero un programa que cierra esa fuente necesita otra vía para que la economía siga contando con medios de pago, y el Gobierno eligió en principio al crédito como esa vía de re monetización. Ya no pesos emitidos por el Banco Central, sino crédito generado por el sistema financiero. Ese era el diseño.

Y el crédito, efectivamente, creció, como muestra el gráfico siguiente[3]. Visto en perspectiva, el salto es notable: la Argentina venía de años de un crédito deprimido y tocó su mínimo histórico en 2024, justo antes de despegar. Pero el problema es que financio ese crédito. En una economía con salarios reales en caída y con un ingreso disponible recortado por el reacomodamiento de precios relativos —tarifas, sobre todo—, una porción decisiva de ese financiamiento dejó de comprar futuro y pasó a cubrir subsistencia.

Gráfico 2. El crédito al sector privado (línea) se cuadruplicó desde el piso de 2024. La morosidad de las familias (barras) lo siguió con poco rezago: el auge y la resaca, juntos. Datos del BCRA.

Del otro lado del mostrador, los bancos hicieron lo que el nuevo esquema los empujaba a hacer. Al desaparecer los instrumentos de regulación monetaria que les permitían colocar liquidez en el Banco Central, las entidades quedaron con fondos para prestar y los volcaron al sector privado. Eso, que el Gobierno presentó como un logro —y en parte lo es—, trae un riesgo que la literatura económica describe con precisión: una expansión rápida del crédito, sobre todo si va al consumo, eleva la probabilidad de estrés financiero posterior. No es una sospecha ideológica; es un hallazgo empírico. El trabajo de referencia de Schularick y Taylor[4], que estudió catorce países a lo largo de casi un siglo y medio, mostró que el crecimiento acelerado del crédito es uno de los predictores más confiables de las crisis financieras: muchas crisis, concluyen, son “auges de crédito que salieron mal”.

Hay un matiz que afina el diagnóstico para el caso argentino[5]. La evidencia más reciente distingue según el destino del crédito: el que va al sector productivo —empresas que invierten— tiende a sostener el crecimiento, porque genera la capacidad de repago. El que va al consumo de los hogares anticipa, con más frecuencia, un crecimiento más débil después. El auge argentino fue, sobre todo, del segundo tipo. No solo aceleramos el crédito desde una base casi nula: lo aceleramos en su versión más frágil.

La serie larga lo muestra con claridad. Durante quince años, la mora de todos los tipos de crédito se movió en una banda relativamente baja, con dos sobresaltos acotados —la crisis de 2018-19 y la pandemia—. Lo que ocurrió en 2025 y 2026 no tiene precedente reciente: el salto de la irregularidad superó esos dos picos y se acercó a registros que no se veían desde la crisis de 2001-02. Y, una vez más, fue el crédito al consumo —personales y tarjetas— el que se despegó del resto.

Gráfico 3. La película completa: la irregularidad por tipo de crédito desde 2010. El crédito al consumo se despega; el hipotecario casi no se mueve. Elaboración propia sobre datos del BCRA.



El motor que se necesita es el que se frenó

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